Por qué la gente vive en calderas y cráteres volcánicos

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Parece increíble que alguien pueda llevar una vida corriente donde antaño bullía la lava. Solemos ver los volcanes solo como una amenaza, y sin embargo en algunos países la gente no solo se instala cerca: levanta casas dentro de cráteres antiguos.

¿Por qué eligen esos lugares? ¿Cómo se vive en territorios que un día arrasaron los elementos? ¿Y qué retiene a sus habitantes pese al riesgo?

No en el fuego, sino en el cráter

Para entender el fenómeno, conviene aclarar términos. Un cráter es una depresión en la cima de un volcán. Tras erupciones especialmente potentes pueden formarse grandes cuencas —calderas— que, con el tiempo, se vuelven valles tranquilos con árboles, pequeñas poblaciones y huertos.

Son precisamente esos lugares los que se escogen para asentarse. No hablamos de casas sobre lava hirviente: la vida prende en las huellas más amplias de erupciones pasadas, donde la actividad volcánica se ha apagado desde hace mucho.

Italia: una ciudad dentro de un volcán dormido

Un ejemplo elocuente es la zona de los Campi Flegrei, cerca de Nápoles. Esta antigua caldera, extensa, abarca, entre otros lugares, la ciudad de Pozzuoli. Los vecinos están acostumbrados a lo que ocurre bajo sus pies: a veces el terreno sube o baja, se sienten temblores leves y el vapor y los gases se escapan por las grietas.

Los científicos vigilan de cerca la situación y en los últimos años han registrado una mayor actividad. Aun así, la gente se queda: están sus casas y sus rutinas, además de suelos fértiles y una ubicación conveniente. También la vivienda resulta más barata en estos distritos, y eso pesa.

Indonesia: volcanes por todas partes

Indonesia es uno de los países más activos volcánicamente del planeta. Aproximadamente el 75% de su población vive a menos de cien kilómetros de un volcán, y para muchos esa distancia ni siquiera es grande: las casas a menudo surgen junto a gigantes aún activos.

En Sumatra se alza el monte Sinabung. Tras un largo letargo, en los últimos años ha mostrado actividad de forma regular: erupciones, nubes de ceniza, evacuaciones. Aun así, la gente vuelve una y otra vez, solo se marcha por un tiempo. La explicación es directa: es su tierra, el lugar donde cultivan verduras, pastorean el ganado y hacen su vida de siempre. Los residentes saben cómo actuar si asoma el peligro y, con el tiempo, vivir junto a un volcán se vuelve parte de la rutina.

¿Por qué no se van?

Desde fuera, esa cercanía puede parecer una apuesta injustificada. Pero los suelos volcánicos aportan beneficios claros: tierra rica, clima benigno, sensación de hogar y arraigo. Para muchos, marcharse sería perder no solo territorio, sino el sostén de su vida.

El peligro, mientras tanto, se percibe lejano, sobre todo cuando las alternativas son escasas.

¿Y dentro del cráter, vive alguien?

A pesar de los titulares llamativos, no hay información confirmada de que la gente viva directamente dentro de un cráter activo. Sería demasiado arriesgado. Los asentamientos suelen situarse en zonas más seguras de cráteres antiguos o a los pies de los volcanes.

Así, la imagen perfecta de la “casa en la boca” es más un recurso visual que una realidad. La vida en antiguas depresiones existe, sí, pero no en el mismo corazón de la fuerza ígnea.

Peligroso, pero familiar

Los científicos siguen vigilando la actividad volcánica, en especial en áreas densamente pobladas. Incluso cuando suenan las alertas, algunos vecinos se quedan. Pesa la costumbre, los vínculos profundos y la convicción de que la gran catástrofe, quizá, no llegará.

Para quienes viven en regiones volcánicas de Italia e Indonesia, esta cercanía hace tiempo que dejó de ser excepcional. Unos nacieron allí, otros construyeron sus casas y cultivan sus tierras, y todos siguen al lado del volcán, aceptando el riesgo como parte de su realidad.

Es una vida que no es sencilla, por momentos peligrosa, y, sin embargo, tiene su lógica. La tierra es generosa, las casas resisten durante décadas y, si el volcán calla, la gente simplemente continúa. Mientras la fuerza de la naturaleza duerme, la vida sigue su curso.