Mar Negro: por qué el 90% de sus aguas carece de oxígeno
Explora el mar Negro: dos capas que no se mezclan, una zona muerta sin oxígeno y sulfuro de hidrógeno en aumento por contaminación y cambio climático.
© Ratnikov S.S.
Cada verano, la costa del mar Negro vuelve a su ritmo vacacional: las playas se llenan de bañistas, los paseos marítimos zumban de conversaciones, y los vendedores ambulantes pasan con mazorcas y dulces. De pie frente a un paseo animado, es fácil olvidar lo que hay más allá del horizonte.
Detrás de esa estampa tranquila se esconde un sistema sin equivalente real en los océanos del planeta. Una porción enorme del mar —cerca del 90% de su volumen— carece de oxígeno. En las profundidades, donde la vida no prospera, se acumula sulfuro de hidrógeno. Hablamos de cantidades que se miden en miles de millones de toneladas.
Los científicos describen esa zona como una de las características naturales más inusuales —y más inquietantes— de la región, un recordatorio de que la belleza de la superficie puede ocultar una realidad mucho más compleja. Cuesta reconciliar esa postal con lo que la ciencia describe bajo la línea de flotación.
Cuando el mar era un lago
Hace unos 7.000 años, el mar Negro era un lago de agua dulce. El nivel del agua era mucho más bajo y comunidades antiguas vivían en sus orillas. Luego se derritieron los glaciares y subió el nivel del mar en todo el planeta. El Mediterráneo rompió una barrera natural y el agua salada empezó a entrar en el lago por el Bósforo.
La subida fue rápida: los geólogos calculan ritmos de hasta 15 centímetros al día. Los organismos de agua dulce murieron y se hundieron hasta el fondo. Al descomponerse en un entorno sin oxígeno, sentaron las bases de la zona de sulfuro de hidrógeno que existe hoy. Algunos historiadores relacionan aquella transformación con el relato bíblico del diluvio.
Dos mares en uno
La estructura del mar Negro no se parece a ninguna otra. La capa superior —hasta aproximadamente 150–200 metros— está cargada de oxígeno y alberga peces, medusas y plancton. Por debajo empieza otro mundo: más salado, más frío y sin oxígeno. Allí solo viven bacterias que descomponen la materia orgánica y producen sulfuro de hidrógeno. El límite entre ambas capas, la quimioclina, es tan abrupto que parece una línea trazada entre lo vivo y lo muerto.
Por qué las capas no se mezclan
La densidad es la clave. El agua del fondo, más pesada y salada, se queda donde está, mientras que la capa superficial, más fresca, permanece arriba. La geografía consolida esa separación. El mar se conecta con el océano a través del estrecho y somero Bósforo, donde la profundidad ronda los 27 metros. Para una cuenca de este tamaño, ese cuello estrecho no permite un intercambio pleno de masas de agua. Según los oceanógrafos, el agua de la superficie tardaría varios siglos en llegar al fondo marino.
Bacterias que construyen una capa peligrosa
En las profundidades solo sobreviven bacterias reductoras de sulfato. Obtienen energía de los sulfatos y liberan sulfuro de hidrógeno —el gas de olor punzante a huevo podrido—. Su número es inmenso: hasta un millón de células por mililitro de agua. El proceso no se detiene, y la zona de sulfuro de hidrógeno sigue ampliándose.
Por qué el sulfuro de hidrógeno es peligroso
El sulfuro de hidrógeno es muy tóxico y actúa con rapidez. En altas concentraciones puede causar parálisis respiratoria. Incluso dosis pequeñas irritan, provocan dolor de cabeza y atenúan el olfato, un efecto insidioso que vuelve al gas especialmente traicionero. La historia recoge liberaciones trágicas de gases de este tipo, incluidas las de origen natural.
Cuando el mar ardió
El ejemplo más llamativo se dio en 1927. Tras el terremoto de Crimea, la gente a lo largo de la costa relató columnas de fuego sobre el agua. Los científicos explican el espectáculo como una irrupción de sulfuro de hidrógeno que llegó a la superficie y reaccionó con el oxígeno; probablemente subió también metano, lo que amplificó el efecto. Fue un episodio local, pero dejó claro lo frágil que puede ser el equilibrio del mar.
La frontera del sulfuro de hidrógeno está subiendo
Las investigaciones de las últimas décadas apuntan a un patrón inquietante: la zona muerta asciende poco a poco. La capa superior, oxigenada, se hace más delgada a medida que los ríos arrastran contaminación hacia el mar. Los nutrientes en exceso alimentan las floraciones de algas. Cuando esas algas mueren, más materia orgánica se hunde, lo que nutre a las bacterias y aumenta la producción de sulfuro de hidrógeno. Los cambios del clima también influyen, estabilizando las capas y debilitando la mezcla vertical. Ese ascenso lento de la frontera suena menos a rareza y más a advertencia.
Vida solo en la superficie
Por esta estructura, la fauna del mar es más pobre que la de otras cuencas marinas. La zona profunda está completamente deshabitada. Sin embargo, esas aguas anóxicas conservan pecios hundidos hace siglos: sin oxígeno, la madera y el metal se degradan mucho más despacio.
Lo que le espera al mar
Los oceanógrafos contemplan varios escenarios. El más probable es que la capa oxigenada siga adelgazando. Eso afectaría a la pesca y a la economía costera. Las liberaciones catastróficas son posibles, aunque se consideran muy poco probables. Aun así, no pueden descartarse alteraciones locales de la estratificación durante los terremotos. La tendencia puede mitigarse reduciendo la contaminación, mejorando el tratamiento de aguas residuales y recuperando filtros naturales como humedales y limanes. Hay margen de maniobra, pero no para la autocomplacencia.
Mar de memoria larga y diseño complejo, el mar Negro reacciona a todo lo que ocurre a su alrededor, y hoy atraviesa una fase especialmente sensible. Su estado es clave para la estabilidad ecológica de la región. De lo cuidadosamente que se controlen las fuentes de contaminación y se acompañen los procesos naturales dependerá el futuro de los ecosistemas costeros. La cuestión no es si el mar responderá, sino si decidimos darnos cuenta a tiempo.