El desierto polar sin nieve: los Valles Secos de McMurdo
Descubre los Valles Secos de McMurdo en la Antártida: desierto polar sin precipitaciones, con lagos hipersalinos y microbios que inspiran misiones a Marte.
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Entre los muchos desiertos del planeta, uno de los más insólitos se esconde en un reino de hielo y frío. En un lugar donde parecerían inevitables enormes ventisqueros, no ha caído ni una gota de precipitación desde hace unos dos millones de años. Son los Valles Secos de McMurdo: tierras que rozan glaciares y, aun así, permanecen completamente privadas de humedad.
Una zona fuera del alcance del hielo
Los Valles Secos son tres grandes cuencas —Victoria, Wright y Taylor—, situadas cerca del mar de Ross, a unas pocas decenas de kilómetros de la costa. Pese a la proximidad del océano, el paisaje parece de otro mundo. La Cordillera Transantártica actúa como barricada natural contra los glaciares, pero la verdadera arquitecta de esta aridez es la fuerza de los vientos catabáticos.
El aire frío desciende desde la meseta elevada y acelera hasta velocidades cercanas a un huracán. Arrasa cualquier amago de nieve, y los raros cristales de escarcha se subliman antes de tocar el suelo. El viento pule la superficie con tal eficacia que queda como un campo de regolito pedregoso.
Una paradoja en el corazón de un continente helado
La Antártida alberga la mayor parte del agua dulce del planeta y, sin embargo, aquí, en pleno casquete, la precipitación es casi inexistente. La humedad anual es mínima. La evaporación persistente y el movimiento implacable del aire mantienen los valles secos incluso en periodos de relativo calentamiento.
Investigaciones de la NASA indican que algunas zonas no han recibido precipitación desde hace alrededor de dos millones de años, una conclusión respaldada por análisis de isótopos y datación por radiocarbono.
Marte en el fin del mundo
Con semejantes extremos, cuesta no ver en este paisaje un anticipo de otros mundos. Los Valles Secos se han convertido en un banco de pruebas natural para la exploración espacial. En la década de 1970, la NASA utilizó la región como análogo de la superficie marciana, probó prototipos tempranos de róveres y afinó algoritmos de conducción autónoma. Suelos polvorientos, radiación ultravioleta intensa y ausencia de material orgánico ofrecen condiciones ideales para ensayos así.
Aún más sugestiva es la búsqueda de vida. La comunidad científica estudia organismos extremófilos para evaluar si los microorganismos pueden sobrevivir en entornos que reflejan las condiciones marcianas.
Un mundo bajo las piedras
Aquí no hay animales ni plantas. Sin embargo, en fisuras de las rocas y bajo las piedras, los investigadores han encontrado microorganismos capaces de resistir durante siglos sin metabolismo activo. Algunas bacterias se refugian dentro de minerales, aprovechando trazas de humedad y energía química. Su división celular es extraordinariamente lenta: del orden de una vez cada mil años. Hallazgos así estiran el límite de lo que entendemos por vida en la Tierra.
Lagos que no deberían existir aquí
A pesar de la sequedad extrema, en los valles yacen varios lagos. Sus aguas son reliquias, preservadas desde antiguas glaciaciones. Uno de los más singulares es el lago Don Juan, cuya salinidad es tan alta que permanece líquido incluso cuando la temperatura baja de −50 °C.
Allí, investigadores han descubierto microorganismos que utilizan percloratos como fuente de energía, compuestos que casi con seguridad también están presentes en Marte.
Momias que desafían los milenios
La sequedad de los valles tiene un efecto llamativo: conserva la materia orgánica. En un barranco, los científicos hallaron la momia de una foca casi intacta, probablemente un animal que se desorientó y murió hace muchos siglos. El frío y el viento desecaron el cuerpo y detuvieron por completo la descomposición. De forma similar, en 2018 se encontró una antigua momia de elefante marino de más de 2.500 años.
Un lugar al que casi nadie llega
Los Valles Secos de McMurdo figuran entre los lugares más inaccesibles del planeta. Acuerdos internacionales regulan la entrada y el acceso se limita a equipos de investigación. El entorno es extraordinariamente frágil: un solo paso fuera de una ruta autorizada puede destruir una colonia microbiana que tardó miles de años en formarse.
Por eso los Valles Secos perduran como un raro fragmento de naturaleza intacta: libres de huellas humanas y fuera del alcance de la civilización.