Meseta de Putorana: un mundo basáltico, remoto y misterioso

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En el corazón de Rusia se extiende una tierra que el tiempo parece haber olvidado. La meseta de Putorana ocupa un territorio del tamaño de un país, sin ciudades ni carreteras. Incluso en pleno siglo XXI, este rincón de Siberia sigue siendo uno de los lugares más salvajes y menos explorados del planeta.

La huella de una catástrofe antigua

La meseta tiene un origen poco común. Hace unos 250 millones de años, aquí rugió un supervolcán. Su erupción fue tan poderosa que desencadenó la gran extinción del Pérmico, cuando desapareció la mayor parte de las especies. La lava cubrió millones de kilómetros cuadrados y la actividad se prolongó durante decenas de miles de años. De aquel cataclismo surgió un paisaje inconfundible: una inmensa meseta basáltica con una altitud media de aproximadamente un kilómetro.

Un laberinto de piedra y agua

A Putorana se la describe como la tierra de diez mil lagos y mil cascadas, y no es una exageración. La meseta alberga más de 25 000 lagos de aguas cristalinas. En reservas de agua dulce, la región solo queda por detrás del lago Baikal. También acoge la cascada más alta de Rusia, Talnikoviy, con un salto de 700 metros. Los ríos han tallado profundos cañones en el basalto, creando un laberinto casi infranqueable de gargantas y paredes verticales.

¿Por qué aquí no hay gente?

Pese a sus ricos yacimientos de platino, níquel y cobre, el desarrollo a gran escala nunca cuajó. Las razones están en el carácter del propio territorio. El clima es severo: el invierno dura de ocho a diez meses y las temperaturas bajan hasta −50 °C. Apenas hay suelo, lo que hace imposible la agricultura. Llegar a la meseta es factible solo por aire o por agua durante el breve verano. Levantar carreteras a través de cañones colosales y murallas de roca resulta extraordinariamente difícil y costoso; el lugar parece resistirse a la domesticación.

Habitantes de un reino protegido

El aislamiento ha moldeado una fauna singular. Aquí vive la oveja de las nieves de Putorana; en su momento se llegó a creer que había desaparecido. Las rutas de migración de los renos cruzan la meseta. Los lagos cobijan peces endémicos como el salvelino. También está presente un ave rara, la grulla negra, y el único anfibio es la salamandra siberiana, capaz de sobrevivir años de congelación.

Misterios sin resolver

La meseta arrastra un aura de enigmas. Los pueblos indígenas evitaron estas tierras durante largo tiempo, convencidos de que eran dominio de espíritus. Los relatos históricos mencionan expediciones que se desvanecieron sin explicación. Viajeros e investigadores se topan a veces con extrañas estructuras de piedra de origen incierto. Y en las noches de invierno, sobre la meseta aparecen en ocasiones gigantescas espirales luminosas: un fenómeno atmosférico que la ciencia aún no ha explicado del todo, algo que invita a la cautela tanto como a la fascinación.

Un mundo que siguió siendo él mismo

Hoy la meseta de Putorana es una vasta reserva natural. Recuerda que todavía hay lugares donde la naturaleza impone las condiciones. Solo llegan hasta aquí viajeros y científicos bien preparados, atraídos por la posibilidad de asomarse a una Siberia primordial: severa, majestuosa y hermosa en su soledad inquebrantable.