19:51 16-12-2025
Pueblos silenciosos de Japón: akiya y despoblación
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Exploramos los pueblos japoneses que se apagan: despoblación, envejecimiento y casas akiya. Cómo el silencio borra escuelas y memoria cultural en Japón rural.
Las megalópolis bañadas en neón se han convertido en la seña de identidad de Japón. Cruces abarrotados, movimiento incesante, un pulso urbano denso: así suele imaginarse el país desde lejos. Pero más allá de las grandes ciudades existe otro Japón. Hay pueblos donde las calles casi no emiten sonido, y el silencio se parece menos a la calma que a una ausencia de vida. No eligieron callar; el silencio llegó a medida que los pueblos se vaciaban.
La gente se va y los pueblos se apagan
Japón incluso tiene un término para estas localidades: pueblos al borde de desaparecer. Son lugares donde la mayoría de los residentes son mayores; los jóvenes se marcharon a la ciudad hace tiempo, no se forman nuevas familias y no hay niños. Un ejemplo elocuente es Nanamoku, en la prefectura de Gunma, donde más de dos tercios de la población son jubilados.
Cada año aumenta el número de viviendas vacías. No hay quien las habite ni quien las mantenga. Esas casas se conocen como akiya, casas abandonadas. A medida que los hogares quedan desocupados, se deshilacha el tejido de lo cotidiano: las tiendas bajan la persiana, las escuelas dejan de funcionar y desaparecen las paradas de autobús. Las rutinas de siempre parecen apagarse una a una.
No es tradición, es consecuencia
A veces se idealizan estos pueblos como santuarios donde los mayores conservan la quietud, la tradición y un ritmo sin prisa. En realidad, la calma que se percibe no es una elección consciente ni una filosofía de vida; se instala porque ya casi no queda quien hable o haga ruido.
Ya no resuenan voces en las calles, los patios de las escuelas permanecen vacíos y los cafés no se llenan de risas. El pueblo se silencia al mismo paso que pierde a su gente. Las proyecciones señalan que para 2030 una de cada tres viviendas en Japón podría quedar desocupada.
No solo desaparece la gente: también la memoria
Cuando el último vecino cierra la puerta, se van con él más que las costumbres diarias. Se diluye un saber acumulado: cómo cuidar los huertos locales, cómo celebrar las fiestas tradicionales, cómo cocinar platos transmitidos de generación en generación. Con los residentes se va la memoria cultural de un lugar.
Los científicos señalan que el proceso alcanza también al entorno: los campos abandonados se cubren de maleza, los animales se desplazan de sus hábitats habituales y se altera un equilibrio natural que parecía estable. Ese desajuste no llama la atención de inmediato, pero se instala con la misma lentitud con la que el pueblo se queda sin voces.
¿Qué viene después?
Estos pueblos silenciosos no deberían interpretarse como un nuevo modelo cultural ni como un experimento de estilo de vida. Son la estela de la despoblación en lugares que hace no tanto bullían de vida. Al mismo tiempo, crece despacio el interés por estas zonas: hay quien acude a ver lo que queda, otros se plantean comprar una casa abandonada, y algunos solo quieren sentir ese silencio extraño e inquietante, una atracción con un leve tono de duelo.